El desafío de cuidar las vidas más frágiles con espíritu de familia
Colonia Mi Esperanza es un espacio donde, entre otras iniciativas, se cuida a jóvenes y adultos mayores a la vez que se promueve el trabajo y se brinda calor de familia.
En el predio de Colonia Mi Esperanza, en Isidro Casanova, provincia de Buenos Aires, se está llevando adelante una experiencia comunitaria que abraza múltiples realidades sociales. Allí conviven dos hogares para abuelos en situación de vulnerabilidad, la escuela “Papa Francisco”, que es un espacio de recreación y aprendizaje, una panificadora solidaria y un centro de día para personas con discapacidad y con necesidades de salud mental.
Se trata de una tarea articulada entre la Obra San José, Hogares de Cristo, el obispado y Cáritas de San Justo, junto a Cáritas Argentina, donde cada gesto cotidiano busca restituir derechos, fortalecer vínculos y ofrecer nuevas oportunidades.
Uno de esos espacios es la Casa de Abuelos de Colonia Mi Esperanza.
En el lugar conviven personas mayores que estuvieron en situación de calle y vivieron largos períodos de abandono, sin redes de contención o cuidados básicos. Mirta, “madraza” del hogar desde hace casi nueve años, explica con sencillez el corazón de la tarea: “Yo digo que somos una familia porque eso es lo que el hogar nos enseña: a ser familia. Los abuelos son mi familia y yo soy la de ellos (…) Navidad la pasamos juntos, el año nuevo pasamos juntos, para este el 1 de mayo que pasó, compartimos locro”.
Muchos de los adultos mayores que antes no tenían a nadie, hoy cuentan con quienes los cuidan y los reconocen. Son personas que durante mucho tiempo quedaron por fuera del sistema y que, por su vulnerabilidad, suelen enfrentar mayores dificultades para acceder a la ayuda que necesitan.
Actualmente allí viven decenas de personas mayores, muchas de ellas en silla de ruedas, con movilidad reducida o atravesadas por enfermedades complejas. La atención requiere presencia constante, desde el acompañamiento médico hasta la asistencia cotidiana para comer, higienizarse o movilizarse. Marcela Vega, que prepara las comidas para 70 personas todos los días, explica que “acá tenemos algunos abuelos que estuvieron en situación de calle, otros que los han traído. Algunos están postrados, son ciegos, tienen miembros amputados, necesitan insulina, alguna medicación o dietas específicas”.
Carlos Alberto Altamirano, acompañante del hogar, también resume el sentido: “Como suele decir el padre (Nicolás “Tano” Angelotti), muchos de los abuelos llegan muy solos y abandonados. Entonces poder estar cerca de ellos, acompañarlos es algo muy importante”.
Todo en comunidad
En ese mismo predio funciona Pan Nuestro, una panificadora social donde personas que avanzan en sus procesos de recuperación de adicciones encuentran trabajo y formación. Ariel Cardozo, uno de sus trabajadores, cuenta: “Es un proyecto que ayuda a formar responsabilidad y a construir una nueva etapa de vida”.
Allí se elaboran panificados que luego se distribuyen en hogares, centros barriales, comedores y otros espacios comunitarios. “Toda la producción está pensada para llegar a esas comunidades”, explica. La articulación con Cáritas también permite ampliar el alcance solidario de esta tarea. “Gracias a ese trabajo conjunto, parte de la producción puede llegar a otros lugares e incluso a otras provincias”, señala Ariel.
Otro de los espacios que crece en la comunidad es el Centro de Día San Juan de Dios, que originalmente se pensó para que quienes se recuperan de adicciones puedan acceder a distintas actividades recreativas. Hoy, está destinado a personas adultas con discapacidad o distintas problemáticas de salud mental. Allí se desarrollan talleres de teatro, música, arte, huerta, preparación para escuela primaria o secundaria y propuestas pedagógicas.
Laura, referente del centro, agrega que también articulan con instituciones de la zona, como “la escuela peregrina 772, que nos presta maestras que se encargan de la parte pedagógica, como alfabetización, matemática, geografía y demás”.
Belén Domke Mansur, Coordinadora de la Casa Social Padre Bachi que acompaña a Cáritas, remarca el valor de cada aporte recibido: “Lo que más valoramos de cualquier financiamiento o donación es que impacta directamente en la dignidad de las personas”.
Este tipo de espacios, que expresan el amor en obras sostenido por la comunidad, son una muestra de la importancia de organizar la esperanza y acercarse con gestos concretos para abrazar, acompañar y cuidar la vida en todas sus etapas.
Fuente: Cáritas Argentina