El 7 de septiembre de 1996, fallecía arriba de un micro Miriam Alejandra Bianchi, la cantante de cumbia más popular de los últimos tiempos. Gilda
Tenía 34 años, era maestra jardinera, pero su verdadera vocación estaba arriba de un escenario. Vivía en Villa Devoto, tenía un matrimonio con dos hijos y quería cantar. Su marido no la apoyaba en su sueño, sin embargo, pateó el tablero y abrazó la música como profesión. Por obvias razones, el mundo al cual ella deseaba pertenecer era bastante machista y todavía necesitaba unas cuantas décadas para aggiornarse. Aún así, Miriam, no desistió y fue hacía adelante, logró insertarse en la movida tropical argentina. Un poco marginada al principio, por su condición de mujer, consiguió, trás mucho esfuerzo, conquistar los corazones de millones de personas.
La leyenda continua Gilda
Septiembre 1996. La cantante estaba en la cima de su carrera y venía de intensas giras internacionales y nacionales, pero su destino se truncó en el kilómetro 129 de la ruta 12, en la provincia de Entre Ríos. Había sido contratada para tocar en la localidad de Chajarí, aunque no llegó a causa del camión que embistió de frente la camioneta en la que la artista, sus músicos, madre, hija y chofer viajaban. El único sobreviviente fue Toti Giménez, su manager y pareja de aquel entonces. Luego del trágico final, nació el mito, la leyenda urbana, la mujer de los milagros: Santa Gilda.
Sus seguidores no solo le rinden homenaje a través de santuarios y estampitas, sino que le atribuyen poderes sobrenaturales como curandera. Asimismo, se le pide por fertilidad, la llegada de algún amor, recuperaciones de accidentes, etc. La devoción por Gilda mueve a cientos de fanáticos como si se tratase de alguna virgen sagrada. Es creer o reventar.
La santa que le gustaba vestir
En el imaginario colectivo se asocia su imagen a un vestido violeta y una corona de flores, pero ella era mucho más que eso. Por aquella época abundaban las curvas en el mundo tropical, como Gladys, “la bomba tucumana”, o Lía Crucet. Eran mujeres voluptuosas y llamativas, en cambio, cuando llegó Gil, como le decían sus más allegados, cambió todo. Ropa al cuerpo que dejaba ver su silueta delgada, vestidos cortos, pantalones tiro alto, tops, pollera de cuero y botas de caña media, eran las prendas que no le podían faltar.
Tanto le gustaba ocuparse de su vestuario que iba a Avellaneda a elegir las telas para confeccionar sus trajes con texturas como el lúrex, vinilo, cuero y encaje. También le divertía intervenir su ropa con brillos, piedras y lentejuelas. Fue entonces, además de una gran artista, una mujer que supo vestir al ritmo de la música tropical.