MALVINAS ARGENTINAS: Entrevista a 2 veteranos de guerra

Dos de ellos cuentan su experiencia y cómo vivieron la guerra, a 40 años de la guerra de Malvinas.

Escrito por: Manuel Molinuevo | Publicado: 2 de Abril de 2022

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Dos de ellos cuentan su experiencia y cómo vivieron la guerra, a 40 años de la guerra de Malvinas.

Roque Arrieta y Alejandro Liébana son dos veteranos de la guerra de Malvinas. Formaban parte del Regimiento de Infantería 3 de La Tablada. Tenían 18 y 19 años, respectivamente, cuando ocurrió el conflicto armado. Liébana cumplió 20 años estando en las islas. (Tema: malvinas entrevista veteranos guerra)

A partir de la experiencia que vivieron, los une un lazo que es difícil poner en palabras. “Hay una conexión particular porque compartimos las vivencias de la guerra. No es que compartimos un trabajo o una pasión, como podría ser el fútbol. Nosotros compartimos la vivencia extrema de lo que fue la guerra” explica Liébana.

Cuando les tocó viajar a Malvinas, Arrieta había cumplido solo 30 días del servicio militar obligatorio. Liébana, en cambio, había cumplido con el servicio en 1981. El 8 de abril le llegó una carta pidiéndole que se presentara en el regimiento 3 y así lo hizo. (Tema: malvinas entrevista veteranos guerra)

Cuando salieron de allí hacia la base aérea de El Palomar, recuerda cómo los despedía la gente en Avenida Crovara y Camino de Cintura. Recibían aplausos y gritos de aliento. “Hay que entender el contexto que se vivía en la sociedad. Porque toda la sociedad festejaba y estaba eufórica por el hecho de que habíamos recuperado Malvinas, nuestro territorio, nuestra soberanía.” explica Liébana.

Siendo tan jóven sentía miedo, pero también tenía la fuerza y la energía que tiene cualquiera en su juventud. No sabía que iba a la guerra, estaba cumpliendo con un deber. Les habían dicho que iban para las islas, pero que después iban a ser relevados. Sin embargo, esto no ocurrió. Liébana llegó el 13 de abril a Malvinas y no se fue de allí hasta que finalizó el conflicto. (Tema: malvinas entrevista veteranos guerra)

No hay experiencia que valga

Arrieta había llegado dos días antes que Liébana. Todo era una novedad para él. Con tan solo un mes en el servicio, tenía poca experiencia militar y se estaba acostumbrando de a poco. Había ido al polígono de tiro, fue instruido en el uso de fusil y de pistola y ya sabía hacer pozos trincheras. (Tema: malvinas entrevista veteranos guerra)

“Igual nosotros consideramos que no hay instrucción ni preparación que valga para estar en una guerra” dice Arrieta. Hay una diferencia enorme entre la práctica y la realidad. La capacitación que podían tener tenía peso hasta cierto punto.

Así lo explica Arrieta: “En Malvinas, estar en situación de vida y muerte créeme que desestabiliza a cualquiera. Al que está capacitado y entrenado y ha dedicado su vida al ejército. De hecho, hubo en Malvinas, suboficiales muy capaces. Comandos que realmente eran todo lo que significa la palabra comando. Tenían una capacitación extrema. (Tema: malvinas entrevista veteranos guerra)

Y sabemos de personas que consideraban que lo mejor que le podía pasar en la vida era ir a esa experiencia por la cual se habían preparado toda su vida. Y fueron los primeros en caer.” (Tema: malvinas entrevista veteranos guerra)

El regimiento 3, del que ambos formaban parte, estaba en Puerto Argentino. La idea era conformar la primera línea, para resguardar el pueblo. Sin embargo, el ejército inglés desembarcó en el estrecho de San Carlos, ubicado entre medio de la Isla Soledad y la Isla Gran Malvina.

Esto ocurrió aproximadamente a 90 kilómetros al oeste de donde se encontraba el regimiento de Arrieta y Liébana. De cubrir el frente de batalla, pasaron a ser última línea.  (Tema: malvinas entrevista veteranos guerra)

Acostumbrados a actuar

Los ingleses comenzaron a avanzar hasta Puerto Argentino mientras el ejército argentino intentaba contenerlos. El regimiento 3 de Tablada comenzó a participar del combate el 12 de junio. Arrieta y Liébana eran parte de la compañía B, la cual no llegó a tener bajas porque no entraron en combate cruento. La compañía A, que estaba delante de la suya, no corrió la misma suerte.

“Creo que uno lo vivió sin darse cuenta”, comenta Arrieta. “Hoy hacemos análisis a la distancia. En ese momento estábamos en Malvinas, en la Isla Soledad. Y uno como soldado es el último escalafón, el último orejón del tarro, donde lo único que hace es acatar y no cuestionar absolutamente nada.“

“A veces no había tiempo para ponerse a pensar lo que pasaba. Yo por ejemplo conducía un vehículo, un jeep.” cuenta Liébana. “He llevado restos de compañeros. He llevado heridos que perdieron una pierna. Después de varios años de contar esto, Roque me dice que él había llevado hasta el costado del camino, en camilla, a un herido que había perdido la pierna. Y yo era el conductor que los pasó a buscar. En ese momento nos cruzábamos y no nos conocíamos.”

De trasladar al compañero herido, inmediatamente acudían a otra situación. No se podía pensar en lo ocurrido, había que continuar con las tareas que tenían por delante. Así lo explica Liébana: “Al minuto de haber pasado eso ya no hablábamos más porque ya había otra situación. Una atrás de la otra. Entonces, era todo tan vertiginoso, todo tan rápido que uno se va acostumbrando a actuar y nada más. Si te quedabas era lo peor que te podía pasar porque no actuar en una situación te podía llevar más rápido a la muerte.“

Convivir estando en combate

Arrieta recuerda que cuando comenzaron los disparos el 1 de mayo, a 20 días de haber llegado a Malvinas, sintió miedo. En ese momento no lo sabía, porque era difícil reconocerlo. Hoy en día sabe que era eso. Su cuerpo temblaba y necesitó del apoyo de sus compañeros. Arrieta, jóven y con pocos días de servicio, encontró en un compañero clase ‘62 consuelo y contención.

Entre soldados, el apoyo mutuo era lo más importante que podían tener. Y así como Arrieta tuvo miedo al principio del conflicto, para cuando estaba por finalizar, lo que sentía era totalmente diferente. “Uno estaba en una situación de ‘Que pase lo que tenga que pasar, si quieren venir que vengan’” afirma.

Para explicar bien esto cuenta un momento que vivió el 14 de junio, avanzando hacia Monte Tumbledown. Mientras se movilizaban comenzaron a caer bombas cerca de donde se encontraban. Como estaban todos amontonados, el Teniente Primero a cargo, ordenó que se separaran. Podía caer una bomba y matarlos a todos mientras se encontraban amontonados.

Cuenta, entonces Arrieta: “En esas situaciones en donde a una distancia de 1000 metros vuelan dos soldados por una bomba, dónde las bombas caían cerca, donde marchábamos con adrenalina, yo me puse abrir una latita de carne con arroz en su salsa, me acuerdo que ese era el término. Y esto habrá sido a las 8:30 de la mañana.

El primer día se incorporó el miedo a mí. Y después fijate como uno puede convivir. Navegar de alguna manera en todas esas emociones a las cuales te vas adaptando día a día. Se incorporan. Y si hoy sobreviviste te van fortaleciendo de alguna manera. Es como cuando se nos hace un callo en la mano. El primer día duelen y se hacen ampollas. Después se forma el callo.”

El regreso en barcos ingleses

Al finalizar el conflicto, tanto Arrieta como Liébana permanecieron en condición de prisioneros de guerra. Los ingleses tenían contenidos a la mayoría de los soldados que estaban en Puerto Argentino en el aeropuerto. Habían hecho un cerco perimetral para contenerlos y vigilarlos.

Allí los alimentaron y custodiaron mientras decidían cómo transportarlos fuera de la isla. Eventualmente los ingleses pusieron a disposición dos barcos, el Canberra y el Norland Hull, para embarcar a los soldados argentinos hasta Puerto Madryn. Eran un total de casi 7000 soldados. Arrieta recuerda que embarcaron un domingo, que era día del padre.

Con los ingleses que formaban parte de la tripulación de los dos transatlánticos, Arrieta recuerda que se hacían muchas preguntas: “Había algunos de nosotros que balbuceaba en inglés. Y ellos castellano. Nosotros le decíamos a nuestro compañero que le preguntara cosas y ellos hacían lo mismo. Había mucha curiosidad entre ambos bandos”.

Tras llegar al continente, fueron llevados a Campo de Mayo. Allí iban a ponerlos en forma porque habían vuelto en muy mal estado. Estaban bajos de peso y sucios. Pero no pudieron estar mucho tiempo allí. “Los familiares empezaron a agolparse en lo que era la escuela de Sargento Cabral en Campo de Mayo. Entonces el ejército decidió mandarnos a cada uno a nuestras casas” explica Liébana.

 

Los años de silencio

Después de haber participado de la guerra, las situaciones que atravesaron fueron difíciles. Hubo poca contención por parte del Estado, era difícil conseguir trabajo y, además, fueron forzados a ocultar lo que habían vivido. “Muchos compañeros hemos perdido porque se han quitado la vida. Por no poder insertarse de nuevo en la sociedad, por no ser comprendidos, por no conseguir trabajo, por no ser escuchados. Durante nuestra vivencia no tuvimos asistencia médica o un acompañamiento.” cuenta Liébana.

La familia fue lo único que les sirvió de contención. Pero aún así trataban de no contar nada. Mantuvieron silencio. “Porque los militares cuando nos mandan a casa nos dijeron ojo con lo que van a decirle a sus familias” explica Arrieta.
Para los veteranos fue difícil comenzar a abrirse y contar sus experiencias. Fue un proceso que llevó tiempo. La sociedad argentina tuvo que volver a la democracia para que no sientan el temor de hablar sobre el tema. Sabían que hablar durante el régimen militar traía consecuencias. Arrieta también agrega: “sentía que nadie me debía nada porque yo había hecho lo que hice orgullosamente. Había defendido la patria y no me correspondía nada porque era mi deber. Hubo un proceso, que llevó una década y media, para entender que teníamos que reclamar nuestros derechos.”

Y cuenta también lo que significó para ellos que luego de diez años el reconocimiento sea un cartón que diga “Pensión graciable por invalidez”. “ El orgulloso veterano de guerra que había ido a defender la patria y que consideraba que el Estado no le debía nada por cumplir con su deber, recibe el reconocimiento de ser considerado un inválido. Son bofetadas al orgullo, a los principios que teníamos.” explica Arrieta.

Héroes

Hoy en día, tanto Liébana como Arrieta, forman parte del Centro de Veteranos de Malvinas de La Matanza. Y juntos se dedican a dar charlas sobre las experiencias que vivieron en las islas. Ya no ocurre como antes que debían callar y ocultar lo que vieron y sintieron esos días.

Ahora no solo pueden conversar, sino que también reciben el agradecimiento de la gente. También están abocados a la tarea de reivindicar la memoria de sus compañeros caídos. “Le guste a quien le guste los 632 son héroes que dieron la vida por la patria. Y de parte nuestra van a tener un reconocimiento eterno, un recordatorio eterno” afirma Arrieta.

Los veteranos de guerra ponen al frente a sus compañeros caídos en combate porque están orgullosos de lo que hicieron. Lamentan su pérdida, lamentan que hayan pasado tantos años, pero entienden que no pueden cambiar nada de lo que vivieron. Por eso están comprometidos a convertir eso en algo positivo y transmitirle a las nuevas generaciones un mensaje superador. Dice Arrieta: “lo que intentamos es hacer entender que esto no tiene que volver a ocurrir bajo ningún concepto. Siempre hay otra salida. Usamos Malvinas para mostrarles que hay una salida. Que entiendan que en su vida cotidiana siempre va haber una salida. Por más extrema que sea la situación que estén atravesando. Siempre van a tener una salida. Y si no, que vean en nuestro reflejo. Esta básicamente es la conclusión y nos valemos de todas las palabras que encontremos, o los ejemplos que encontramos, relacionados a Malvinas, para dejársela.”

Orgullosos veteranos

Liébana dice que todavía se sienten soldados. “Soldado en una buena causa” aclara “no soldado de la guerra, del fusil y de ir a la muerte. Sino de servir. Y esto de las charlas y las acciones que llevamos en el Centro tiene que ver con darle algo al otro”
“Hoy en día estamos hechos ¿Qué somos?. Orgullosos veteranos. Y más orgullo es hacer esto qué hacemos” concluye Arrieta.

Por Manuel Molinuevo

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